Desierto

El sol brilló aquella tarde como nunca…y como nunca también se puso en el horizonte. Solo, dejando que las sombras poco a poco dominasen el cielo, y estas, a la vez, dejándose lentamente atravesar por las pequeñas estrellas que comenzaban a asomar.

A lo largo del cielo, el camino de Santiago, para ellos, la línea del bien y del mal.

Aun el viento soplaba suavemente, frio, pero no molesto, permitiendo sentir a todo aquel que se interponía en su camino, todos los pelos de su cuerpo.

Aquel viento estaba vivo.

El sol seguía su camino a perderse en el casi anaranjado horizonte, tras las dunas… para iluminar quizá otro mundo lejano.

En el campamento ya se empezaban a encender las primeras hogueras, y a terminar de montar las últimas tiendas.

Entre las dunas, un pequeño oasis, unas cuantas palmeras… como si alguien las hubiese puesto allí por error, en medio del desierto, ¿cómo habían llegado a aquel recóndito lugar?

El camello miro el ultimo atisbo de sol y gimió volviendo al campamento, y yo con él.

El suave viento tomo un poco de fuerza, que al instante, a la vez que el sol se perdía, dejaba de soplar.

En medio de ninguna parte, nosotros… la única luz en la tierra, nuestra hoguera, y lo único que nos recordaba que aun seguíamos allí, las estrellas.

Como todas las noches, dando gracias a los dioses por todo lo que hacían, y habían hecho por nosotros, tocábamos nuestras canciones al desierto.

El desierto es como un gran animal al que también se le puede calmar con la música, y así, todas las noches le tocábamos nuestra música.

Unas veces alegre, otras triste, y otras… otras muchas de sentimiento.

Después de aquello todos iban a sus tiendas a descansar, permaneceríamos en aquel oasis poco tiempo, el mismo en el que el sol volviese al horizonte.

Pero yo aquella noche no dormiría, igual que mi camello tampoco lo haría.

La noche puede ser uno de los momentos del día más bellos que podamos ver, lejos de las urbes, de las hogueras, de nuestra luz, podemos ver la luz del mundo… la de las estrellas, y escuchar mejor en nuestro interior.

Pero también puede ser el peor momento del día, el momento en el que todos nuestros temores salgan a la luz, a la luz del mundo… y sintamos miedo.

Siempre hemos sentido miedo a la noche, a la oscuridad, y a nuestros fantasmas que vagan en ella.

Hay tantas cosas que desconocemos.

Yo no quería tener miedo a la noche, no quería tener frío del viento del desierto, no quería esconderme del desierto, y menos temerle… pero padre decía que el desierto es sabio, y que él es el amo en sus dominios, que tenemos que respetarlo, que tenemos que cantarle… que tenemos que ser humildes.

Que solo los humildes pueden sobrevivir en él.

Aquella noche yo fui humilde, y humildemente quise hablar con él.

Solo con mi camello, en lo alto de lo que parecía ser una duna, me baje y rece, buscando respuestas… pero no las hubo… nunca las hubo.

Igual así no era la forma de hablar con el desierto.

Dormía cuando el sol salía, echado sobre mi pobre camello, que en muchas ocasiones era arrastrado por la caravana.

Él dormía de noche, lejos de los demás camellos, junto a mí, pero dormía.

Padre estaba preocupado por mí, sabia de mis escapadas en busca de los dioses, él decía que ello no era bueno, que los dioses se mostrarían cuando se tuviesen que mostrar, no porque un joven como yo quisiese que se mostrasen.

Pasaron así muchos días… no hable con los dioses, pero si me sentí como formar parte de algo grande, una noche sentí mi corazón estremecerse, llorar por mí y por todos. Y me sentí bien.

Los dioses no me hablaron, pero sentí como si lo hubiesen hecho.

Desde entonces mire el mundo diferente, como si jamás fuese a morir, como si fuese eterno…

Desde entonces tengo la necesidad de conocer, de desvelar todo aquello que se muestra ante mí, porque cada vez que descubro algo, siento lo que sentí aquella noche en el desierto, y me siento bien.

Padre no comprende porque actuó así, pero ve que es mejor así.

Una noche, una anciana de la caravana enfermo, y padre mándome a mí y a mi hermano atravesar el desierto solos, esperando que llegásemos antes que ellos a la próxima ciudad en busca de medicinas.

La primera noche de la travesía mi hermano tampoco durmió… los camellos, ajenos a lo que ocurría, fueron los únicos en aprovechar aquella noche, si no hubiesen dormido hubiésemos seguido nuestro camino.

La ciudad quedaba a dos días de nosotros, teníamos agua para tres días, solo para nosotros, y comida, solo algo de pan, leche y dos trozos de carne… la carne era lo peor de todo, gracias a las especias podríamos comérnosla, fue lo primero que gastamos.

Mi hermano no durmió en toda la noche, tenía miedo, era la primera vez que salía solo al desierto, lejos de la caravana. El no entendía por qué yo nunca dormía, y seguramente aquella noche tampoco lo comprendió.

Aunque hubiese querido dormirse no podía, no se sentía a salvo en la oscuridad… quizá yo tampoco dormía porque no me sentía a salvo en el mundo…

– Hermano, ¿ves las estrellas?.

– Siempre.

– ¿Pero nunca te has preguntado qué son?

– Padre dice que son los reyes de otros tiempos, que nos observan y juzgan para cuando nosotros tengamos que cruzar el rio de la vida.

– He hecho la misma pregunta a otros comerciantes de las otras ciudades, los que son de nuestra cultura, dicen lo que padre dice… pero hay otros, que dicen que son lágrimas de una diosa, y otros dicen que son los hijos del Sol…

– Cirilum dice que una vez su abuelo vio caer una del cielo, que brillo como el día, y que después, misteriosamente, todas seguían allí, ¿cómo pudo ver caer una, y ninguna desaparecer en el cielo?.

Mi hermano me miraba perplejo, yo no tenía la respuesta, y también había visto ver caer estrellas.

– Quizá sean lágrimas.

Durante el segundo día de viaje mi hermano durmió sobre su camello. Solos sobre las dunas, como dos sombras en el desierto, mi camello tiraba del suyo, y yo pensaba en las preguntas de mi hermano.

Inútilmente.

Una vez en la ciudad, dejamos nuestros animales en manos de los camelleros y preguntamos a un noticiero por un boticario.

Era un personaje algo excéntrico, vestía unas largas ropas grises bordadas en las puntas con complejos dibujos y formas árabes.

Nuestros harapos del desierto, igualmente árabes no mostraban para nada adornos semejantes… tan solo una greca azul y roja a lo largo de la túnica, por el color, quemado por el sol tomaba un pálido tono marrón, aún más claro por la arena del desierto, impregnada como ya parte de la vestimenta por todas las ropas.

El hombre callaba como si no nos entendiese, igual desconfiaba, pero lo único que buscaba era cambio para la información.

Hermano busco en las bolsas del camello algo de dinero, algo de valor, pero no encontró nada.

Entonces saco una extraña roca la cual yo no había visto antes, formada como por discos de roca cortados los unos a los otros.

– Solo tengo esto – el hombre miro perplejo la roca-.

– Curiosa roca-.

Después de todo si nos comprendía.

Hubiese sido mejor que no fuese así, ya que de esa forma quizá podríamos avernos marchado sin tener que darle nada, aunque fuese aquella, aun sin valor, roca del desierto.

El hombre la cogió, la miro durante un breve periodo de tiempo.

– Esta estrella del desierto no tiene nada de especial, pero es raro encontrarlas por estas tierras. Di muchacho, ¿de dónde venís?.

– Venimos del otro lado del desierto, hemos viajado durante días, y ahora que estamos llegando, una anciana de nuestro grupo ha enfermando. Necesitamos avisar a un boticario para cuando los demás lleguen, no sabemos si ahora vive, pero si así lo fuese necesitará ayuda urgente.

El hombre volvió a mirar la estrella del desierto y se la devolvió a mi hermano.

– Aun sin saber si vive esa mujer, anciana, ¿venís buscando ayuda?… ¿Qué tiene de importante una mujer para que un grupo de hombres os manden a vosotros, solos, en busca de ayuda?

Mi hermano me miro perplejo, ¿cómo podía ser aquel hombre así?

Sabíamos que las mujeres, al menos para la gente ajena a nuestra familia carecían de valor, pero padre siempre nos había enseñado que tanto ellas como nosotros veníamos del mismo lugar, y que el vientre de una madre era tan sagrado que dé él no podía salir nada falto de valor.

Las mujeres, como los hombres salíamos de él, no podíamos ser mejor el uno del otro.

Padre rezaba todos los días, creía en Dios y en las costumbres, pero no creía en los hombres. Él decía que aquellas costumbres eran solo de los hombres, y no de Dios. Dios no crearía nada falto de valor.

Torno a nosotros, un anciano nos miraba, compraba fruta, o así quería que pensásemos que el hacía. Parecía un hombre sabio y se acercó a nosotros.

El hombre lo miraba plácidamente, y el anciano me tomó por el hombro.

– Noticiero, ¿qué necesita una estrella del cielo para ser especial?…nada, porque ya son algo especial. Tanto en el cielo como en la tierra hay estrellas, y como las del cielo, las de la tierra tampoco necesitan tener nada para ser especiales.

El viejo cogió la roca con sus débiles manos y la examinó, parecía algo confuso y la devolvió a mi hermano.

– No os preocupéis, yo os llevaré ante el boticario… es mi hermano, y estará contento de ayudar a dos muchachos como vosotros.

No entendí porque actuó así aquel hombre, pero parecía ser un hombre culto, algo en el me hacía sentir curiosidad.

Sus ropas no eran árabes, jamás había visto un hombre así, su rostro era blanco, no solo por ser anciano, pero parecía sacado de un cuento de fantasía.

*El noticiero nos miró de arriba abajo y asintió al anciano antes de irse, nada tenía que ver allí entonces.

El anciano volvió a dirigirse a nosotros cortésmente, “parecía saber más de lo que nosotros sabíamos de él, ¿cómo?”, además, por el modo de actuar del noticiero, debía ser ciertamente un hombre reconocido en aquella ciudad.

Nosotros solo podíamos confiar en él.

– Dime muchacho, ¿de dónde venís?, no parece que vuestro grupo este solamente de viaje, vuestras ropas, hablan por vosotros-.

El anciano aparentaba ser muy confiado, muy cortes… demasiado cortes para dirigirse a nosotros, hijos de comerciantes, pero tampoco era como los demás ancianos. Dos hombres se acercaron a nosotros por detrás y nos acompañaron; – No temáis, son mi escolta-. Ya no había dudas, era un hombre de poder.

Hermano miro y dio me el reconocimiento de que mi voz era la de los dos, aún era muy pequeño como para exigir su autoridad.

– Desde que soy hombre no vengo más que del destino, no tenemos un hogar propiamente dicho, viajamos y comerciamos para ganarnos la vida-.

– No esperaba menos, mercaderes – el anciano sonrió y siguió la ruta- De todas formas, aun siéndolo, no pareces actuar como tal-.

– ¿No?-.

– Un comerciante no ofrecería dinero a nadie por una información, un comerciante, siempre sabe que siempre hay alguien que la dará gratuitamente, y mucho menos, le preguntaría a un noticiero, persona que vende información por oficio-.

Los escoltas se rieron, y el anciano sin mirar atrás, prosiguió acercándose a una gran plaza llena de personas.

Todas parecían gritar torno a algo y empujarse unos a otros por ver que ocurría en el centro-.

– Pero no hay por qué preocuparse, a menudo, el agua no sabe que afluente elegir, ni que rio para que le lleve a la mar-.

– Ciertamente, mi función no es comerciar señor-.

El anciano se paró, y giro para dirigirse directamente a nosotros, parecía no necesitar muchas explicaciones para saber de nosotros.

– Jajaj, claro que no eres comerciante, el hecho que tu familia lo sea, no quiere decir que tú también lo seas… ¿o sí? Es obvio que yo sepa que tú no eres un comerciante, un grupo nómada en el desierto no dejaría partir más que a un guía o a un aprendiz de ello a un lugar desconocido, y menos con un crio a su lado, por muy corto que sea el camino-.

Todas mis dudas por saber cómo podía saber tanto se esfumaban a cada una de sus palabras, su lógica les quitaba algún valor o fundamento ahora-.

– Esperad aquí, hemos llegado a casa y debo avisar a mi hermano de vuestra presencia e intenciones-.

El anciano se dirigió al edificio y subió lentamente las escaleras de la entrada, era un edificio inmenso, tallado en su perfecta arquitectura, un edificio tan alto y de fachada tan recta no podía ser de barro como la mayoría de las viviendas. Desde fuera se veía que la entrada daba a un patio interior, un precioso patio con plantas y una fuente central, o eso parecía, ya que la entrada estaba centrada en la fachada. Al fondo, parecía haber otra entrada, que estaba cerrada por un portón lleno de inscripciones, como por el que acababa de entrar el anciano.

No tenía apariencia alguna a lo que nosotros entendíamos por una casa de ciudad, era mucho más parecido a la vivienda de un señor, y según parecía, a un señor cuyo sabio hermano tenia escoltas y reputación en la ciudad.

Los hombres de la plaza continuaban gritando y a veces, algunos parecían comenzar a pelearse pidiéndose dinero, quizá por suerte para alguno de ellos la multitud estaba vigilada por algunos otros hombres armados, su función seguramente era disolver cualquier altercado, porque juraría creer ver algún hombre apostar por ver quien ganaría en la pelea, mientras estos intentaban imponer orden.

Era un ir y venir de gente, después de tantos días de viaje, solos en el desierto y la noche, me sentí agobiado por tanto ruido y descontrol.

Curiosamente, en aquella plaza no había indicios de haber un mercado, en cambio la multitud era como en los mercados de las otras ciudades por las que hubimos pasado, nosotros, al menos yo, no sabía cómo de grande podría ser la ciudad, pero padre dijo que tuviésemos cuidado, que según había oído, eran fechas de bullicio en la ciudad.

Los atuendos de aquellos hombres eran muy dispares entre sí, había ropas árabes, algunas ropas que desconocía, y otras muchas como las nuestras, impregnadas de arena y gris.

El anciano comenzaba a tardar y hermano se sentó en las escaleras de la entrada, mientras miraba toda aquella gente… confiaba ciegamente en mí, no podía fallar a mi padre, si el me pidió que el boticario estuviese preparado para su llegada, tenía que conseguir que lo estuviese, si no lo estaba, sería como quitar valor a las decisiones de mi padre, no podía permitir que dudase de sus intenciones hacia mí.

 

Los escoltas permanecían en la puerta, hablando y riendo entre ellos, pero sin perdernos en su atención, no nos iríamos y no nos dejarían ir, “esperad aquí” no fue solo un ofrecimiento irrechazable, sino una orden indirecta a nuestros dos acompañantes.

Quedaba poco para que el sol brillase sobre nuestras cabezas, para que pasase la fachada del edificio y nuestros cuerpos convertirse en las nuevas siluetas oscuras del suelo. Aun así, el patio central seguía en una luminosidad propia, debía haber alguna especie de sabana que tapase el patio central, a forma de cortina.

En el momento que yo miraba a la fuente del patio un joven rapado y sorprendentemente sin barba, asomo a la puerta vestido con un fino atuendo blanco. Me sorprendió su rostro, era joven, pero mayor, tenía cuerpo de hombre pero muy delgado, y ropaje bordado, no de un sirviente. Los escoltas se volvieron a situar detrás nuestra dando obligación a los ofrecientes del joven de la entrada.

Sin tener porque, yo seguía preguntándome el porqué de aquella menor luminosidad en el patio, en la calle la luz del sol comenzaba a despejar la plaza, antes abarrotada de personas. En cambio, el joven estaba en penumbra, la oscuridad de la entrada daba a la suave luz del fondo… el edificio estaba construido a conciencia, incluso su orientación, ya que daba la impresión de que el sol recorría el cielo perpendicularmente a la fachada, y sobre la puerta, que es donde nosotros estábamos.

– Vosotros debéis de ser los comerciantes de mi tío – nos sonrió cortésmente, era presumible que en aquella ciudad o para la clase con poder, el trato burlesco pero cortes, estaba bien visto.

En sus palabras uno podía interpretar un insulto, pero en sus rostros y expresiones, el insulto perdía toda su identidad dando paso a una familiar y falta de malas intenciones forma de dirigirse a nosotros. Al menos, imitando la lógica del anciano, ya sabíamos que nuestro nuevo guía era el hijo del boticario, y si no, de algún otro hermano del anciano. Tanto la forma de dirigirse del anciano como la de su presunto sobrino, eran iguales, expresaban abiertamente sus pensamientos burlescos pero no insultantes, era una forma irónica y cómica de expresarse que solo había conocido dentro del grupo que formábamos la caravana… era familiar-.

– Pasad, antes de recibiros, si venís de un largo viaje es tradición daros algo de comer, y por vuestros ropajes, no por tradición, daros algo para vestir – los escoltas debían ser de los pocos que en su trabajo reían escuchando a sus jefes. Poco a poco, pensé, me acostumbraría a ello, si nos teníamos que quedar mucho tiempo, mientras la mujer mejoraba-.

Ojalá llegase sana y salva, no solo por ella, así también nuestra exposición desesperada al desierto habría tenido “sentido”, y padre habría obrado sabiamente.

Subimos las escaleras de la entrada y el joven avanzó por el pasillo, un pasillo lateral a otras escaleras de madera que subían, justo al entrar, además de la iluminación, el clima cambiaba dentro de la casa, era fresco, y el ruido de la plaza se hacía inapreciable, solo el sonido de la fuente y de nuestros pasos, que rompían aquella casi artificial melodía del caer del agua, rompía aquel extraño silencio.

Seguimos al joven por la estancia, el suelo era de péquelas piedras incrustadas, tan pequeñas que con ellas habían dibujado formas y grecas, era precioso, y oscuro como el ambiente de aquel pasillo.

El pasillo se extendía por el lateral de la fachada del edificio, dejando a izquierda unas escaleras que subían a una posible segunda planta, el patio no era visible en él, pero si en un segundo pasillo que sí lo era, tornamos a izquierda y llegamos a él, el muro que daba al patio, poco a poco desaparecía formando una luna, hasta que desaparecía para dar paso a una hilera de preciosas columnas de piedra.

El patio era inmenso, con la fuente central como había intuido desde la calle, pero aun no sabía el porqué de aquella falta de luz.

Hermano miraba sorprendido, nunca habíamos visto un edificio igual, y mucho menos, un jardín tan verde y natural, todo estaba colocado de forma estudiada, pero parecía crecer caóticamente entre las columnas y el suelo.

El joven entro por una puerta lateral, por la cual le seguimos, permanecía callado, igual que los escoltas.

Esta entrada daba a unas escaleras descendentes, a unas oscura e irregulares escaleras de piedra, el ambiente era aún más fresco pero no frio, resultaba agradable después de tanto tiempo, descendimos durante un tiempo hasta llegar a una gran sala donde parecía pasar una acequia subterránea, como un pequeño rio, era igualmente impresionante, aquel pasillo llevaba justo a un rio subterráneo, donde habían edificado una especie de albercas que renovaban el agua por el mismo fluir de la acequia, aunque estábamos bajo el suelo, toda la sala estaba tremendamente iluminada.

Desde el techo salían como pozos hacia el cielo, y por ellos, entraba la luz y el calor del mediodía.

El joven se giró y se acercó a nosotros, durante todo el rato habíamos guardado una distancia cortes, éramos sus invitados, solo nos acercaríamos más si él lo pedía o era necesario.

Ahora, ya que su rostro era iluminado por una de estas entradas del techo, me fije que su piel no era tan clara como la de su tío, pero aun así, no era como las nuestras.

– Lavaos y cambiaros de ropajes, uno de nuestros sirvientes os traerá ropa limpia, digna de un visitante a nuestra casa.

>No temáis, el agua que fluye es agua tibia, antes de llegar aquí pasa por el patio, donde es calentada por el sol, cuando estéis listos, os llevaran en presencia de mi padre… siento no poder ofreceros mucho que comer, pero son fechas señaladas en nuestra ciudad-.

El joven se fue, y también los escoltas, ciertamente el agua no estaba fría, era incluso agradable, pero fría o no, después de tanto tiempo su temperatura era lo de menos, ¡era agua!, agua limpia, cristalina.

El suelo era como de argamasa, y las algas crecían en las paredes de la acequia y las pequeñas albercas. Por el número y la forma de estas, unas debían ser para lavar y otras para el aseo de los que habitasen la casa, la inmensa casa.

Al rato un hombre vino con dos suaves alfombras de pelo para secarnos, y ropa limpia, y con él, una mujer con una jarra y un plato de algo que parecía ser carne y pan.

Después de comer gustosamente y beber lo que resulto ser leche, el hombre nos llevó ante el boticario.

Subimos las difíciles escaleras por las que hubimos bajado hasta llegar al patio, lo rodeamos y llegamos a la otra puerta que en principio no podíamos ver por la fuente desde la calle, esta, igual que por la que entramos, tenía ante sí una pequilla sala, con dos escaleras que subían hacia arriba, subimos por una de ellas y llegamos a una segunda planta cuyo pasillo también giraba torno al patio, y daba a él, por múltiples columnas como en la planta baja.

– Es fascinante – hermano seguía ajeno, en su mundo – ¿crees que si yo fuese algún día un boticario, podre tener una casa así?-.

– Deberías de trabajar mucho tiempo antes de conseguir algo así hermano mío-.

– ¿Y si la ciudad tuviese muchísimos enfermos?, igual podría en poco tiempo-.

– Soñador, no solo necesitarías muchos enfermos, sino muchos enfermos con dinero-.

– Quizás por el prestigio, la gente….

– No te he dicho soñador sin saber a qué me refería hermano, la admiración, es solo para los dioses, a los que si les construimos casas y templos… ¿y tú no has nacido dios para conseguir tal admiración verdad? – hermano no estaba muy conforme con ello, pero ¿quién construiría tu casa por admiración, si no más por sumisión? Y un boticario, a mi entender, ni si quiera era un título de rey-.

Es posible que si un boticario salva a una persona, esta le deba quizá lealtad o admiración… e incluso esta le haga una casa, pero mayormente, no hay tiempo suficiente en la vida de un mortal para un regalo así, solo un rey podría hacer algo así… pero por lógica no lo haría.

El regalo de un rey a uno que le salva la vida no son riquezas, sino esclavitud, si eres boticario, serás el boticario del rey, y si eres soldado o mortal, serás un escolta del rey hasta que des la vida por el… en ningún caso, fuera o lejos de palacio, daría una libre vida a su salvador.

Esto nos llevaba a que aquel hombre debía de ser algo más que un boticario, y por los rasgos de su hermano y su sobrino, alguien lejano.

Llegamos a una nueva puerta donde el sirviente nos dijo que esperásemos, todo en la decoración era exquisito, el suelo de dibujados azulejos, las paredes de talla perfecta y adornos de madera traídos de tierras lejanas, la puerta, aun sin escrituras, tenía tallado formas naturales , hojas, ramas…

En nuestra espera me asome al patio y mire al cielo, ¡estaba cubierto! un toldo color tierra era mecido por el viento, suavemente y sin hacer ruido alguno, ¿por qué? ¿qué necesidad tenía el patio de ser tapado?, más cuando el agua debía calentarse en él, antes de llegar a los sótanos donde nos habíamos bañado.

Entonces me percaté de que varios hombres intentaban tensarlo y sujetarlo mejor al tejado, mientras otros ataban fuertes sogas de columna a columna justo por debajo del toldo, era como una especie de red para evitar que el toldo cállese, pero este, parecía estar bien atado al tejado.

En ese momento un hombre mayor y de apariencia fuerte salió de la sala en la que nosotros debíamos estar esperando. Sin duda debía ser el boticario, tenía una recortada barba y su rostro era igualmente claro, pero sus ropajes eran menos adornados que los del anciano.

Hermano y yo saludamos como invitados, dando gracias por su hospitalidad.

¿Qué menos después de aquel trato?

El hombre sonreía y como un familiar desconocido nos estrechó sus brazos.

– Pasad, – atravesamos la estancia de espera y llegamos a una amplia habitación con una mesa y muchos objetos extraños, en las paredes no había nada, solo había pequeños muebles y algunos libros, el boticario se sentó y nos ofreció asiento ante él, la mesa estaba llena de royos y botes con plantas y especias – mi hermano me ha dicho que venís en mi busca porque necesitáis de mi ayuda, contad pues, ¿en qué puedo ayudaros?-.

*- Señor, en cierto modo, la ayuda no es para nosotros, es para una mujer enferma que viene de camino. Nosotros hemos sido enviados con la intención de buscar ayuda para cuando esta mujer llegue, y pueda ser salvada-.

– Vaya, así que una mujer, ¿y sabes que le pasa?-.

– No señor, bueno – dude – creo que tenía la cabeza ardiendo y sudaba constantemente… no podía caminar, llevaba varios días muy cansada y viajaba dentro de uno de los carros-.

 

En ese momento el boticario comenzó a prestar más interés, era como si hubiese dicho algo inesperado, que no tendría nada que ver con la mujer.

– ¿En un carro dices? Llevo años sin ver un carro del desierto, esos artilugios son muy del sur, del desierto llano, ¿venís de allá?-.

– Supongo, si es que las estrellas llevan al norte…

– Jajaj, son hijos de comerciantes hermano – interrumpió el anciano, entrando con sus torpes pasos a la habitación – almas errantes del desierto, conocedores quizá, no solo de las tierras del desierto llano, sino de otras tierras más lejanas-.

– Bueno, pero no todas las caravanas de comerciantes llevan carros con sigo, tengo interés muchacho, quiero ver esos artilugios nacidos de leyendas y así ayudarte con esa mujer de la que hablas-.

Mi rostro se ilumino, no sé qué interés tendría el boticario en los carros del desierto, tan típicos, tan acostumbrado a viajar con ellos… pero enseñárselos era lo necesario para no fallar a padre.

– Entonces, ¿estará esperando con nosotros la llegada de la caravana?-.

El anciano se acercó al balcón que daba a la plaza donde todo antes era bullicio – Hay un problema hijo, y es que toda esa gente no está aquí por placer-.

– No entiendo-.

– Son fechas señaladas – se dirigió a mí el boticario – Se acerca el “trio del viento”-.

– El trio del viento es cuando el espíritu del desierto despierta e intenta echarnos de sus dominós-.

– Al menos eso cuentan los mitos – rio el anciano- Solo se trata de un cambio de estación, un cambio del soplar de los vientos-.

– Si, y eso provoca en estas fechas tres días de tormentas de arena, los vientos del sur chocan con los del norte levantando las arenas del desierto, “haciéndolo despertar”-.

Ahora entendí porque los hombres ponían un toldo sobre el patio, con cuerdas por debajo de él, así la arena al caer sobre la ciudad y la casa, no enterraría su patio central.

Ahora entendí el porqué de toda aquella gente sin aparente trabajo que hacer, eran peregrinos que estaban esperando que pasasen aquellas fechas para poder seguir su viaje…

Una sensación de pánico se apodero de mí, sino llegaba pronto la caravana, seria arrasada por la tormenta, lo perderíamos todo… y quien sabe, incluso podrían perder la vida.

En solo un instante, de buscar ayuda por una mujer a la que en principio nadie había valorado, dimos conciencia de que en realidad buscábamos ayuda para salvar a toda nuestra gente.

Si no llegaban pronto y cruzaban las murallas de la ciudad, quizá no lo hiciesen nunca.

El sol de mediodía ya no era tan brillante, ni el viento tan vivo, era un viento muerto, un viento de malos presagios.

Después de aquello el boticario dio una voz y apareció uno de los sirvientes, – Ve y alerta a más hombres, llama a entrenadores de halcones y que avisen si dan con nuestros inesperados visitantes del sur, la supuesta caravana trae carros del desierto, a los que además de sus dueños tendremos que hacer llegar hasta aquí antes de dos días -. El sirviente partió al instante y a vista del anciano que estaba en el balcón, salió por la puerta de la casa con los dos escoltas en busca de ayuda.

“¿Ha buscar más hombres?”.

– ¿Desde cuándo, nos están buscando?-.

– Desde que llegasteis a la ciudad y hablasteis con un noticiero, poca gente viene del sur, realmente, esta es una ciudad de paso entre reinos del oeste y del este, el norte es frio y salvaje, y el sur cálido y desconocido… nadie atraviesa el desierto, y aquellos que vienen de oeste y este conocen del trio del viento, jamás os hubiesen dejado viajar aquí hasta unas fechas menos señaladas, por ello, como “nueva” ley de esta ciudad, todo experimentado capaz de adentrarse en el mar de arena, debe ayudar en la búsqueda de los perdidos-.

¿Quién lo hubiese imaginado? Nada ocurre al azar, ni el más común de los encuentros e impresiones carece de sentido.

El anciano soltó del lado del balcón una especie de cortina roja, mientras aferraba su cuerpo sobre un bastón para poder darse la vuelta – Mientras os lavabais mi hermano y yo informamos al “asir” de la situación y de vuestra presencia en nuestro hogar, ya que gracias a hábil chivatazo del noticiero hizo preparar un contingente para buscar a vuestra gente… en su opinión, estaría mal no ayudar a la que podría ser la primera “visita” del sur en muchos años… quizá para vuestra mayor suerte, crea estar ante una nueva ruta comercial, así su solidaridad no tendrá limites – ironizó el anciano-.

– Según tengo entendido, una caravana de comerciantes viaja por el mundo cogiendo cosas de un lugar y cambiándolas por otras de otro lugar por el camino, para así poder subsistir… ¿es este vuestro caso?-.

Asentí. Los dos hermanos se miraron, el anciano parecía preocupado por más de un asunto y hermano… hermano era pequeño para entender la situación, pero percibía la preocupación de los dos hombres, y después de la mía, que poco a poco también sin saber cómo se adueñaba de sus pensamientos.

– Cuando yo partí de la caravana, pasaron dos días y una noche hasta llegar a la ciudad, apenas descansamos más de lo que los camellos necesitaron…

– Muchacho, yo no soy dueño del destino de ningún hombre, pero puedo intentar cambiarlo, si continuaron el viaje, quizá estén a un día de camino, y podamos advertirles para que lo dejen todo y lleguen a la ciudad… o con suerte también para mí, obligarles a endurecer el paso y así poder tener entre mi colección uno, o una copia de esos artefactos -.

No entendía la relación de aquel hombre claro con los carros del desierto, por el aspecto de la habitación, quizá fuese, además de un boticario, un inventor… o tal vez el anciano que aparentaba no tener mucho interés.

La conversación termino después de aquello, el sirviente que nos guio, se presentó en la sala y nos condujo a lo que sería nuestra habitación.

Una habitación asfixiante, pero espaciosa, asfixiante, porque ningún edificio visto por mi o mi mente podía dar la libertad de dormir entre las paredes del horizonte y bajo el techo del cielo, y espaciosa, porque para ser una habitación podría ser como la casa de cualquier trabajador, aun así, no habría lugar el en mundo que relajase el miedo a la perdida de nuestros seres queridos.

Ni habitación ni desierto capaz de consolar en nuestros sueños.

Para la gente sedentaria, la idea de dormir al aire libre es aterradora, fuera de unas paredes o un tejado alto no pueden dormir tranquilamente… miedo, inseguridad… para nosotros, el desierto era nuestro hogar, son nuestros muros… seguros de estar solos, siempre podíamos dormir sobre las suaves dunas o bajo sus cálidas arenas… libertad, tranquilidad.

Comenzó a caer la noche y el faro de la ciudad fue encendido para guiar a los viajeros en la oscuridad, como en el mar, la luz delimitaba y advertía el comienzo de un nuevo mundo, la tierra… y en el desierto, la de los hombres… todo estaba en calma menos el cielo, las finas cortinas del balcón entraban y salían suavemente, pero, con la frialdad de gritar quien las movía… el viento.

Ya no había nadie en la plaza, nadie en las calles, solo la luz de la luna se atrevió a salir aquella noche para hacer frente al viento que se “aproximaba”.

Incluso aquel que se “alejaba” ya no era bien recibido, pues por culpa del natural juego de los dos, el desierto seria despertado.

Hermano no durmió hasta tarde, yo, solo hasta estar seguro de que la cortina seguiría su danza hasta salir el sol.

Mientras tanto…

… en algún lugar, ajenos al peligro, los hombres y mujeres de “una” caravana, cantaban al desierto para que durmiese y les protegiese, una noche más.

Juan de Dios Yáñez Ávila.

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